martes, 1 de julio de 2014

Vanidad de santidades, y todo es teologal.

Santa Sofía de la piedad asciende a los cielos en cuerpo y alma: en la infinita soledad de Macondo, no es noticia a confirmar: García Márquez plantea a lo largo de toda su obra lo evanescente de la naturaleza de la condición humana ¿si nadie lo denomina, certifica, clasifica, dictamina y otorga, existe? la santidad es perenne en su obra, el rasgo teológico en su obra, que es grande y persistente, queda opacado totalmente por él mismo: el contaba historias para vivir, y no hablo de dinero; embarcado en el Pequod buscaba su propia condición: y doy por hecho que consiguió darle a su caza alcance, en algún momento de su vida.
Como Paco de Lucía y tantos otros, de sí mismo contaba la historia que encajaba verosímilmente con lo que podía quedar bien con su oficio y orden público; A García Márquez se le lee, a Paco de Lucía se le escucha: lo demás forma parte de su imperecedera caza al alcance, condición en la cual no todos van embarcados, no todos los que quieren embarcar son admitidos, no todos son tripulantes del Pequod, no a todos pueden llamarles ustedes Ismael, no todos alcanzan con Bartleby la infinita sazón de dar a su caza alcance.
Para los sanedrines filisteos de “la cultura” y “la progrhez” descubrir el orden místico interno de García Márquez es una herejía, seguro, por la cual me condenarán (otra vez) a la infinita hoguera de la traición y la maledicencia; para los filisteos del sanedrín del catolicismo (al final, no se engañe, al cielo iremos los de toda la vida) ni siquiera si han leído u escuchado, han percibido ni imaginado que pudiera tener un rango teológico: si no lo certifica un cura, varios críticos, un par de obispos y “como todo el mundo sabe” no hay mística posible ni teología factible: si no es bajo el orden preestablecido, nada vale: de tal modo, se pierde la percepción bajo el confuso y repugnante sistema de clasificación de absolutamente todo: en nuestra estulticia ingénita ordenamos el mundo clasificándolo por doquier: de amigos y amantes, de grados de confianza, de partidarios y adversarios, de tribus más o menos definidas o más o menos visibles en las cuales más que el adorno de las virtudes propias se unifica baje el criterio del denuesto de lo diferente, del rechazo a todo aquello que no entre en nuestro feble y sectario concepto de nosotros mismos.
De este modo está siendo una época en que la excelencia es sofocada bajo el ardor de los tópicos tristes y las militancias absurdas, del sectarismo ridículo y de la negación del otro: García Márquez ata a Aureliano Buendía al Laurel y es una gran metáfora teológica, y Santa Sofía de la piedad no es un personaje casual, ni nada en Cien años de soledad se comprende en rigor sin una trascendencia mística: pero claro, para llegar a este punto hay que haberlo leído; ni Entre dos aguas es una rumba jaranera, ni la obra de Paco de Lucía carece de mística: todo al contrario, es un orden místico riguroso, de una excelencia y probidad apabullante, el desgajarlo e intentar clasificarlo y ordenarlo en rangos absurdos confunde a la gente y les niega la percepción sublime de la mística profunda de la obra de Paco de Lucía: hablo de los conocidos, hablo de lo que yo conozco: hablo de mí. Hablo de vosotros: mi panadera habitual anda trajinando masa buscando una forma y sabor de panecillos tal como los hacía su padre; mi tabernero habitual anda entre los trajines de su familia y negocio, la huerta y la vida, en rigores místicos habituales: ninguno de los dos son conscientes de que andan en caminos místicos, y no creo que sean lectores de Éste lado de la galaxia.
A esto se refería Santa Teresa cuando hablaba de que Cristo andaba entre los pucheros: encontrar estas verdades sencillas a veces nos cuesta la vida, y el precio de la vida es la propia vida, como aprendió Maic man, que anda buscando en esencias y orígenes el camino para darle a su caza alcance, y entre brumas y jaleos, ruido y confusión a veces Granados para y escucha jazz y empieza a ser consciente de que anda dando caza al alcance, en sus trajines cotidianos y sus hábitos novedosos a fuer de antigüos: él se renueva  a diario, por eso lo percibe todo cambiante, y andará en su particular caza, como Luis, que anda descubriendo en los demás la excelencia que el rezuma y sólo la certifica cuando la ve reflejada en otros, y todos andamos de tránsito por estos mundos buscando siempre a bordo del Pequod con abundante tripulación que hace que navegue la nave hacia puertos extraños y destinos ineluctables, mientras tanto los malasombras hacen que I perciba que la estructura social que se ha generado en los pueblos en los últimos cuarenta años, es, esencialmente el ku kux klan, y tengo que darle la razón porque la tiene; y Sabine encuentra ahora que la base de la esencia de su feminidad es el amor y es feliz con arco iris como mujer de pueblo culta que es, y bien culta, doy fe, y deja lejos todo ruido y jaleo anonadante que nos ha ensordecido los últimos cuarenta años y todos vamos en la nave, haciendo pan o cortados, escuchando o leyendo, haciendo o como espectadores, sin ver que esencialmente somos unos más dentro de la naturaleza de la cultura, y en muchos casos alcanzamos rangos místicos reales, sin siquiera darnos cuenta ni ponerle nombre.
No sabemos leer si nadie nos lo explica, y nos consideramos una sociedad alfabetizada; no sabemos ver la excelencia en la música si alguien no nos la señala, y nos consideramos todos melómanos, no sabemos ver el milagro que es un pan salido del horno y queremos comprender a Paco de Lucía, a Bach, a García Márquez, a Torrente Ballester, a Dalí, a Tip  a Harpo, a Ignacio Tomás, y nos hemos olvidado de que lo esencial es la hogaza de pan, el cortado, y que ahí anida el germen y el rigor de la mística.

3 comentarios:

Sabine Haxhimeri dijo...

Hombre, es que los colores del arco iris existían antes que se las monopolizen los 'progres' del lobby Gay.
Un abrazo Caballero

Francisco Escobar dijo...

Una hermeneutica del sentido comun...frente a la muerte Aureliano Buendia solo se acordo del milagro del hielo

Francisco Escobar dijo...

Una hermeneutica del sentido comun...frente a la muerte Aureliano Buendia solo se acordo del milagro del hielo