martes, 21 de enero de 2014

El bucle recursivo

Habrá de ser en recipientes de un solo uso el aceite en los bares: como el azúcar; en breve no habrá saleros: todos debemos mantener una dieta incolora, inodora e insípida para no causar problemas al amo o a la sensiblería cursi de la ñoñez: ni siquiera sobre tus apetencias tendrás mando, te dicen cuanto azúcar has de tomar, cuanta sal y ahora cuanto aceite: lo anticipé en Una realidad fractal (aquí el extracto) y persiste la propaganda para doblegar a la gente, por todas partes toda la propaganda busca la anulación de las personas en beneficio de una categoría en la cual el valor sólo es el valor de uso, y nada las personas: la negación de la humanidad.
Todo, por todas partes, a todos los niveles.
El esquema de la “salud” convierte  a ciertas consignas en “comida sana” o sea: obviamente, la otra comida es comida enferma.
Comemos como zombis putrefactos, y nosotros sin saberlo.
De la aberración en que están convirtiendo el sistema sanitario español ya hablé en La relación; si no os habéis dado cuenta, la informatización de los procesos conlleva el control, por cualquier cualquiera, de la salud de las personas: se acabó todo espacio de intimidad.
Y a nadie he oído rugir esgrimiendo el juramento hipocrático.
La comida ha de ser tal como diga la plutocracia, y vuestra salud, que las enfermedades van por modas, con todo un enorme aparato de propaganda a todos los niveles que quedó en evidencia hace poco cuando la famosa gripe iba a diezmar a un tercio de la humanidad
fuese, y no hubo nada.
Excepto unas cuantas cuentas corrientes engrosadas: eso que no falte, y conforme avanza el capitalismo dinerario, la gente más subsumida en la pobreza; cuanto más financiero el sistema, más pobreza en las personas: y nos creemos evolucionados.
Pero claro, todo tiene una justificación: nadie queda a salvo: el que no tenga colesterol, tiene triglicéridos, y si no, inventamos un nuevo parámetro o lo endosamos a la categoría psiquiátrica.
Nadie jamás tendrá el colesterol bien, ni el azúcar, ni los triglicéridos: un organismo vivo es por si algo eternamente cambiante, y en su capacidad cambiante se desarrolla la vida entera, porque es el perpetuo cambio, y sólo hay un momento en el que todo queda acorde y plano en los parámetros, la muerte: la máxima entropía; mientras tanto, o asumimos que la vida es cambiante, o seguiremos siendo estafados. Como sigue sucediendo con la consigna del clima cambiático: de algo cuya esencia es el cambio hacemos dogma, dado que falló lo de la capa de ozono, lo del niño, lo del enfriamiento global, lo del calentamiento global: nada, a cuenta de descubrir que el clima cambia, definimos el clima como cambiante y asignamos todo el poder catastrófico al cambio de algo cuya esencia es ser cambiante: la gente aún defiende la existencia de tal tema aun cuando su inventor (impulsado por la Seminova, obvio) ha reconocido que todo era una falsedad. Dada la consigna, todos a seguirla, y así va la cosa.
No hay para tanta patología, ni para tanta catástrofe, ni para tanto misterio: hay recuas de haraganes al servicio de la plutocracia financiera, que va dictando perversamente consignas que encaminan todo a un mundo estabulado con una presunción cientifista de organización y control que es, en sí, perversa en su planteamiento, organización y desarrollo, pero en las delirantes ensoñaciones preadolescentes de mundos felices se fundamenta todo el rigor de la inmundicia que sufrimos hoy, y no sólo en España.
Pan, aceite y sal; jamón, mujeres, que envejezcan, que sean personas antes que objetos de extraña visión y delirio del gran masturbador enfangadas en una imagen proyectada y mantenida por la propaganda; vidas plenas, y sólo así la vida se abre paso: mientras el fragor de la burocracia pestilente siga sustentando al vómito de la bestia, todo ira a peor, siempre, por  todas partes.

3 comentarios:

Alphonse Marquis de Montauran dijo...

Hoy te has superado. Sublime.
Llevo años intentando convencer a mis familiares, obsesionados con su nivel de colesterol o de triglicéridos, con su hipertensión o con sus niveles hormonales, que el cuerpo no hace si no adaptarse a las necesidades de la vida, que cada cuerpo es diferente, en peso, en altura, en edad, en sexo, en complexión, en tipo de actividad, y que por eso mismo no podemos tener todos igual ni la sangre, ni el corazón, ni nada de nada. Que a mí no me dice una tabla estadística si estoy bueno o enfermo, ya lo noto yo perfectamente.
Y en realidad, estoy convencido, la mayoría muere envenenado por los fármacos que consumen.

Sabine Haxhimeri dijo...

A estas alturas yo vigilo mi nivel de nitroglicerinoidismo

Anónimo dijo...

Muy bueno..somos necios..o nos lo hacemos...o esperamos que todo escampe...por obra divina...Apañados vamos.......